lunes, 28 de octubre de 2013

MANUELA

Es ese silencio, me impacienta, siento que pronto me evaporaré con el pito de la tetera en este maldito frío sin ti.  Me veo patética observando la lluvia en la terraza como esperando que aparezcas con tu chaqueta de pana entre el granizo y esas montañas, como cuando me contaste que eran amantes condenados.  Mamacita la Juaica. Seguro querrá levantarse, quitarse esos pinos de su boca, correr y gritarle al mundo su amor. Maldecir al cielo por esa noche en que separó con un rayo su beso e incendió estos campos mientras las almas corrían desesperadas por calmar la tormenta que desató su pasión. Al menos los dejó en montaña y  le deja a su amado entregarle una estrella fugaz en Agosto.
Realmente no haz agrietado mi garganta, aun no puedo pensar. Solo lloro para darle vida a este drama de documental barato. No quiero escucharte. Quizá mi amor no es tan puro como el de una montaña pero es que a cualquier cosa que me podrías contar, la verdad es que a veces la noche pasa derecho, los árboles se mueven más que el tiempo en este campo y  el cigarro cada vez me hace más falta. Todo esto sigue igual; con la hamaca puesta, la cama mirando a la montaña, tu morral en la sala y hasta tus zapatos tienen el barro de esa vez que nos fuimos al alto a visitar a Flor.
Hace poco una paloma se estrelló en mi ventana, esa que da al jardín de atrás viendo el borrachero. Se ha partido el cuello. La agarré con un trapo, la pobre tenía cara de Manuela como la que atiende la surtidora del pueblo, la gordita que se la pasa diciendo que está enferma. La observé agonizar por un rato mientras pensaba que la podía curar para tenerla de mascota, pensé que la entrenaría y pronto tendría un palomar de mensajes en el jardín, sería la revolución de esta era cibernética, todo el mundo querría mandar textos diferentes ¡rescataría la escritura a  mano! Pero cuando me fui a buscar un antiséptico para sanarle la herida, Manuela ya había dejado de mirarme. ¡Fue mí culpa! yo tenía el pan que ella vio sobre mi escritorio, yo la deje allí en mis manos.  Y eso que dices que pienso rápido. Me dio rabia y no la enterré la deje ahí en el jardín, me quede mirando su carne inflarse y luego ponerse blanca y amarilla.
Tengo que cambiar las cortinas. Sabes que siempre odié esas rosas en nuestro cuarto, tal vez las ponga en la cocina. Y es que últimamente ando canalizando. Sí canalizando como una bruja, comunicándome con los fantasmas de un pasado que aprieta mi hígado, un vacío que siento cayendo del tejado, atravesando las golondrinas mientras el viento intenta salvarme. Siento a mi abuelo llegar con su ruana oliéndole a cerveza y sudor del tejo, ahora me parece increíble que una mujer como mi abuela haya amado tanto a un hombre tan diferente a su esencia noble. Aunque él no era alguien vulgar, su testarudez con la que alguna vez sacó nuestra familia adelante lo hacía parecer como si con una mano pudiera aplastar a mi abuela, tan solo con una palabra dura parecía que su aliento la dejaba contra el árbol de feijoa del jardín. Qué pensará de mí él, ahora seguro que me conocerá mejor de lo que lo hizo en vida. Algunas veces me preguntaba que quién era yo, que de dónde salí. Y yo apenas si lo conocí, sé que cuando viejo empezó a darle pan a las palomas que en su juventud salía a cazar. Y mi abuela, mi abuela preparándole sus palomas, << ¿Mijo quiere café? ¿Mijo quiere carne? Mijo, mijo, mijo…>> le dijo hasta el último día de su vida con esa nobleza de santa. Por eso la llevo en mi altar. 
Ahora me hace sentir en el lugar equivocado, debería estar buscándote tan fiel como abuela, pero tu madre dice que ya he hecho suficiente. Se referirá a la última vez que te vi sobre ese alto. Después de eso fue que decidiste irte, y seguro que querrá culparme por perderte. ¡Pero fuiste tú! Quien quisiste lanzarte y no volver, con la excusa extraña de querer volverte montaña.


No hay comentarios:

Publicar un comentario