Se sirvió un mate, y lentamente
acomodó su trasero en el sofá de mimbre junto a la ventana, el único mueble del lugar. Se sentía
observada, quizá porque su apartamento es como una pecera que da a otras varias
peceras del edificio de en frente, pero también porque su conciencia casi
siempre, y para su infortuna, toma el control de su vida. Tras mover un poco la
cucharilla de metal del mate para acomodar la yerba y el agua, absorbió con
fuerza y cruzando la mirada bizca observó la mezcla quedando con grandes poros
y rezagos de espuma.
A pesar de los ladridos de un
perro y el zumbido de una brilladora a lo lejos, su momento es especialmente
silencioso. Se acurruca y abraza sus rodillas sobre el sofá. Mira sus pies desnudos y con la mano libre
que tiene del mate, sigue uno a uno la silueta de sus dedos, de su empeine y
luego de su talón. Su mano resalta la deformidad del huesillo que sobresale en
la periferia izquierda de su pie derecho, no recuerda el momento en que esa débil
estructura quebró, pero sabe que su cuerpo inició una deformidad inevitable.
Como si en cada una de sus articulaciones, pequeños obreros adobaran la cabeza
de sus huesos, y a falta de irrigación se craquearan con cada uno de sus
movimientos.
Lo de su conciencia es como agua
caliente en una jarra. Se evapora la idea de su existencia y su ambigüedad le
impide atraparla con las manos agarrando su propio encéfalo, o su hipotálamo
cuando duerme; Se le escapa, pasa inadvertida cuando ya la ha llevado a
traducir sus ideas aburridas, matemáticas, patéticamente perfectas. Aun así la
ha aprendido a conocer…es tan predecible. Le disgustan las ideas de Maquiavelo,
se desespera con las banalidades y por eso no le permite disfrutar el alcohol,
y el mejor momento para que aparezca es mientras se ducha o a penas se
acuesta, porque allí es donde cree poder
cambiar el mundo; quizá porque le gusta sentir arder la piel con el agua
caliente o despertarse con las gotas de agua dura, pero lo que es seguro es que
le gusta observar a ese cuerpo súbdito suyo y desalmado girar en la cama
sudando frío hasta el amanecer.
Ya es medio día, y aun siente esa
sensación resbalosa del insomnio. Las ideas le patinan como si escalara sobre
greda, cayendo inevitablemente pero sigue allí sentada sin ningún gesto notorio
mirando sus pies sobre el sofá. El aroma a guiso de alguna casa caliente llena
de gente y un comedor, le despiertan un recuerdo de antes. Se le ha dormido un
pie, así que se estira y acomoda un cojín contra la baranda del tieso sofá. La
nuca hace una curva de unos 120 grados hacía atrás, costándole un poco de
trabajo tragar saliva, mira la pared que
sostiene un cuadro invisible.
Escucha como una paloma vuela a
la rendija de la ventana. Ahora se siente
mareada, suda frío, siente que le regresa la fiebre. Debió ser el mate que le
acelera la tensión. Se levanta despacio y silenciosamente abre la ventana,
observa a la paloma que no ha notado su presencia. La paloma da algunos pasos a
punto de caer, pero de pronto ella agarra a la criatura alada de la cabeza.
Vuelan cientos de plumas, el aleteo desesperado de la paloma le obliga a sacar
la mitad de su cuerpo por la ventana y a tomarla con las dos manos; la asegura
haciendo una especie de caverna entre sus dedos y la palma de sus manos, siente
el corazón de la criatura que late golpeando la yema de sus dedos. Mientras atraviesa coja la espaciosa sala pues su pie sigue un
poco dormido, calcula el peso en un poco más de media libra, más o menos. Ya
adentro. Presa y cazador se observan en una especie de ritual silencioso
retando a sus miedos no entrar en el reflejo mutuo de sus pupilas.
Sus plumas son azules, negras,
grises e iridiscentes. Piensa que es un atuendo envidiable, un diseño realmente
irrepetible. Abre la nevera y saca un
frasco vacío de vidrio empañado y ya cristalizado. Coloca su presa sobre el
mesón y la suelta mientras rebusca algo
en el están de abajo. La paloma no intenta volar, y en cambio camina hacia el
frasco con lo que podría llamarse “curiosidad”, aunque dicen que ese es un
adjetivo solo utilizable para seres con filamentos vertebrados bípedos, cubiertos
por una membrana lampiña de la que se conocen 4 razas. Aun así la cabeza de la
paloma fue capaz de asomarse por la superficie del frasco, alternando sus ojos
laterales.
Cierra las puertas, los cajones y
se asoma por fin sobre el mesón con una
cuchara de palo, un hilo rosado enrollado a medias con algunos nudos difíciles
de desatar y unos palillos chinos. Hace un nudo corredizo del hilo y enreda el cuello danzante del animal. Lo
agarra con fuerza mientras toma la cuchara de palo y con la parte trasera
presiona suavemente el cuerpo de la paloma dividiéndola en mil secciones como pequeños
arroces integrales de color rojo y azul, que se desploman sobre el mesón de aluminio.
Añade una cucharada de aceite de oliva para degradar el raquis de las plumas,
mezcla y divide la cantidad; enfrasca una mitad y sirve la otra en un bowl.
Toma los palillos chinos y regresa al
sofá con el bowl. Mastica su comida mirando la silenciosa sala, mientras caen pequeñas
gotas de sudor sobre el plato.
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