lunes, 28 de octubre de 2013

LoOp Dimensional

Unas pisadas hunden el pasto del potrero en el que se acuesta.  Alarga el cuello, gira la cabeza hacia atrás, e incómoda logra ver unas botas embarradas que se ubican justo detrás de su cabeza. Son unas botas de caucho,  huelen a barro, a óxido. El hombre se asoma en contra luz, y le pregunta la distancia desde ese lugar al pozo de Mariscaya o algo parecido. No conoce el lugar, pero ella le responde que está cerca mientras se levanta y gira, achicando y cubriendo sus ojos por la luz que la hace parpadear con dificultad. El hombre le agradece, le sonríe y la observa por un momento.  
-          La mitad de las personas que comen de esos tréboles en los que se sienta, mueren señorita-. Dice el hombre.
-          ¿Qué pasa con la otra mitad?-. Pregunta ella.
-          Se liberan-. El hombre aclara la voz, en un gesto forzado y mira al cielo-. Ya pronto que llueve señorita, no debería quedarse por aquí.
-          No señor, traje mi auto y… -. Gira la cabeza para señalar el auto pero se detiene y mira preocupada al hombre-.  La verdad, es que no recuerdo cómo llegué aquí.
-          Ya veo, pero ¿Esa no es su bicicleta? –. Le dice el hombre señalando, hacia la entrada del lote, junto a un eucalipto.
-          ¿Es mi bicicleta?-. Pregunta ella con una risa torpe.
-          No se preocupe, dicen que en estas tierras el suelo y hasta el aire es hueco, por eso el pasto cruje cuando uno camina. Aquí todo se va hacia adentro del planeta. Hacia allá, donde todo vuelve y comienza de nuevo. Algo así – y hace un arco con las dos manos – por lo que el agua se filtra y todo se seca, seguro su memoria si era líquida se ha ido por allá, como el agua en un sifón. Si usted ha visto las semillas de una Ceiba, me entenderá. Este mundo es como una canastilla de esas que salen de la nada en una rama, seguro hay cientos y lo mejor es que se reproducen.
-          ¿Quiere decir que es infinito?-. Dice en una especie de monólogo-. ¡Seguro ya volví a nacer!-. Grita al vacío-. Siempre he pensado que si hay reencarnación lo más seguro es que sea como darle la vuelta a no sé qué, pero volver aquí. Lo que usted dice atrapados en un loop de nuestro cuerpo y todos sus componentes metafísicos infinitamente reproducibles.
-          Es muy probable-. Dice el hombre luego de meditarlo un rato.
-          ¡Tengo que irme! –. Dice levantándose ansiosa,  y dirigiéndose a su bicicleta.
En la carretera, escuchando el zumbido de su bicicleta siente que gesta una ira en su pecho. Tiene la ligera impresión de que ella y toda su vida es una estúpida representación. Todo el mundo sabe que las representaciones que hacen sobre los humanos son aburridas, porque todo es casi robótico, como si con mucho artificio algún susodicho cineasta, cuentero ó uno mismo solo fuera capaz de crear arquetipos mediocres de lo que es en verdad ser.  Es como decepcionarse del propio sueño. Podría  crear las lagunas más encantadas, y los océanos más exquisitos e infinitos, pero lo que su mente crea, es un sinnúmero de imágenes carentes de historia, o incluso cínicamente es capaz de asesinarnos en nuestros propios escenarios.  Culpa a la razón y acelera en un intento de dejarla atrás con las piedras que deja rodando a su paso.
El camino es una montaña cada vez más empinada, le cuesta respirar y ya no puede bajar más los cambios, la carretera se levanta frente a ella casi vertical como un reto de la vida, de su propia razón jugando a no dejarse descubrir. Intenta respirar por la nariz, pero el esfuerzo calienta tanto el aire que le obliga a abrir la boca y soltar la burbuja de aire reutilizado. Lucha por no mirar al frente, pero recae por la curiosidad de ver el pico de la montaña pero nada, parece que siguiera en el mismo lugar donde empezó. Sus muslos arden y la decepción le quita fuerzas. No tiene alternativa, debe superar el reto y olvidarse del dolor. Pasan algunos minutos pedaleando en silencio, con su respiración opacando cualquier otro sonido,  solo mirando al suelo. Siente que pronto llegará y disfrutará de su triunfo, pero su impulso rueda por la montaña de ese lugar extraño cuando ve que la meta parece alejarse cada vez más. Su decepción la hace querer detenerse y agotada intenta bajar de la bicicleta pero  no puede, a pesar del ardor en los músculos de las piernas, del silbido de su pecho a punto de estallar, del latido de su corazón inflando sus costillas una fuerza la mantiene allí. Su gesto es de horror, entiende que se ha ido por el hoyo de la infinitud, condenada a ser el arquetipo de la insatisfacción y el esfuerzo del que lucha para siempre en su propia existencia metafísicamente ineludible. 

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