Unas pisadas hunden el pasto del
potrero en el que se acuesta. Alarga el
cuello, gira la cabeza hacia atrás, e incómoda logra ver unas botas embarradas
que se ubican justo detrás de su cabeza. Son unas botas de caucho, huelen a barro, a óxido. El hombre se asoma en
contra luz, y le pregunta la distancia desde ese lugar al pozo de Mariscaya o
algo parecido. No conoce el lugar, pero ella le responde que está cerca mientras
se levanta y gira, achicando y cubriendo sus ojos por la luz que la hace parpadear
con dificultad. El hombre le agradece, le sonríe y la observa por un momento.
-
La mitad de las personas que comen de esos
tréboles en los que se sienta, mueren señorita-. Dice el hombre.
-
¿Qué pasa con la otra mitad?-. Pregunta ella.
-
Se liberan-. El hombre aclara la voz, en un
gesto forzado y mira al cielo-. Ya pronto que llueve señorita, no debería
quedarse por aquí.
-
No señor, traje mi auto y… -. Gira la cabeza
para señalar el auto pero se detiene y mira preocupada al hombre-. La verdad, es que no recuerdo cómo llegué
aquí.
-
Ya veo, pero ¿Esa no es su bicicleta? –. Le dice
el hombre señalando, hacia la entrada del lote, junto a un eucalipto.
-
¿Es mi bicicleta?-. Pregunta ella con una risa
torpe.
-
No se preocupe, dicen que en estas tierras el
suelo y hasta el aire es hueco, por eso el pasto cruje cuando uno camina. Aquí
todo se va hacia adentro del planeta. Hacia allá, donde todo vuelve y comienza
de nuevo. Algo así – y hace un arco con las dos manos – por lo que el agua se
filtra y todo se seca, seguro su memoria si era líquida se ha ido por allá,
como el agua en un sifón. Si usted ha visto las semillas de una Ceiba, me
entenderá. Este mundo es como una canastilla de esas que salen de la nada en
una rama, seguro hay cientos y lo mejor es que se reproducen.
-
¿Quiere decir que es infinito?-. Dice en una
especie de monólogo-. ¡Seguro ya volví a nacer!-. Grita al vacío-. Siempre he
pensado que si hay reencarnación lo más seguro es que sea como darle la vuelta
a no sé qué, pero volver aquí. Lo que usted dice atrapados en un loop de
nuestro cuerpo y todos sus componentes metafísicos infinitamente reproducibles.
-
Es muy probable-. Dice el hombre luego de
meditarlo un rato.
-
¡Tengo que irme! –. Dice levantándose ansiosa, y dirigiéndose a su bicicleta.
En la carretera, escuchando el zumbido
de su bicicleta siente que gesta una ira en su pecho. Tiene la ligera impresión
de que ella y toda su vida es una estúpida representación.
Todo el mundo sabe que las representaciones que hacen sobre los humanos son
aburridas, porque todo es casi robótico, como si con mucho artificio algún susodicho
cineasta, cuentero ó uno mismo solo fuera capaz de crear arquetipos mediocres
de lo que es en verdad ser. Es como decepcionarse del propio sueño. Podría crear las lagunas más encantadas, y los océanos
más exquisitos e infinitos, pero lo que su mente crea, es un sinnúmero de
imágenes carentes de historia, o incluso cínicamente es capaz de asesinarnos en
nuestros propios escenarios. Culpa a la
razón y acelera en un intento de dejarla atrás con las piedras que deja rodando
a su paso.
El camino es una montaña cada vez
más empinada, le cuesta respirar y ya no puede bajar más los cambios, la
carretera se levanta frente a ella casi vertical como un reto de la vida, de su
propia razón jugando a no dejarse descubrir. Intenta respirar por la nariz,
pero el esfuerzo calienta tanto el aire que le obliga a abrir la boca y soltar
la burbuja de aire reutilizado. Lucha por no mirar al frente, pero recae por la
curiosidad de ver el pico de la montaña pero nada, parece que siguiera en el
mismo lugar donde empezó. Sus muslos arden y la decepción le quita fuerzas. No
tiene alternativa, debe superar el reto y olvidarse del dolor. Pasan algunos
minutos pedaleando en silencio, con su respiración opacando cualquier otro
sonido, solo mirando al suelo. Siente que
pronto llegará y disfrutará de su triunfo, pero su impulso rueda por la montaña
de ese lugar extraño cuando ve que la meta parece alejarse cada vez más. Su decepción
la hace querer detenerse y agotada intenta bajar de la bicicleta pero no puede, a pesar del ardor en los músculos de
las piernas, del silbido de su pecho a punto de estallar, del latido de su corazón
inflando sus costillas una fuerza la mantiene allí. Su gesto es de horror, entiende
que se ha ido por el hoyo de la infinitud, condenada a ser el arquetipo de la
insatisfacción y el esfuerzo del que lucha para siempre en su propia existencia
metafísicamente ineludible.
No hay comentarios:
Publicar un comentario