Siento que me acerco al lugar
cuando pasa una mujer en una monareta con canastica de “fique” falso de
plástico, con gafas doradas de cristal
rojo redondo y vestido amarillo con estampados psicodélicos. Suena la campana
de su bici bajo el sol de la Bogotá con cielo azul que el IDEAM en la mañana
había pronosticado nublado con lluvias torrenciales, y “menos mal” porque yo también pedaleo en busca de algún
elemento reciclable para el trueque de entrada a la feria. No encuentro nada, y
pienso decirle al de la entrada que el programa de “Basura_Cero” en Bogotá está
funcionando muy bien y que no conseguí nada pero que me deje entrar. Al fin encuentro
una pila de basura con cartón pero un reciclador parece buscar lo mismo que yo,
me le adelanto y con la cautela de un gato atrapando la mosca de la sala agarro
algunas piezas del montón de basura a media cuadra delante de él, lo miro de
reojo por si acaso se molesta por haberle robado su presa pero me mira sin
ningún gesto interpretable y arranco con dos cartones de huevos en la mano,
debe ser suficiente.
Paso el simón Bolivar, la
Virgilio y llego a la plaza de los artesanos donde entra otra mujer con vestido
de estampados psicodélicos que me confirma que he seguido bien las huellas
“hippies”. Ya adentro lo primero que encuentro son unas canecas gigantes donde
debo depositar a mi presa de cartón, junto a otras presas parecidas de metal, plástico
y vidrio. Justo al lado un pabellón con bicicletas de todos los tamaños,
colores y materiales, algunos stands con ideas de diseño sostenible en los que
me apunto para que me envíen información, otro de arquitectos que exponen el
funcionamiento de un muro verde y un stand de energía solar donde un pequeño
hombre se esfuerza por explicar el
funcionamiento de unas pesadas máquinas de aluminio y cristal que también se
esfuerzan por calentar agua a punta de paneles solares con los pronósticos del
IDEAM.
El camino me fue dirigiendo a los
otros pabellones de parques naturales, conservación de tortugas, aves, páramos,
discursos sobre agricultura sostenible, reforestación, reintroducción, cercas
vivas, no a la minería y eco-todo. Todos tocan las zampoñas y andan en ruana mientras
pasa un viento infeliz que me hace dar envidia de no haber traído la mía, los
muebles están hechos de cartones de huevo, pienso en lo que pude haber hecho
con los que acabo de truequiar, hay diseños de ropa de todos los colores y
accesorios de lata con diferentes formas, periódico y retazos de tela. Un hombre
me dice “Aquí todo es reciclable, desde los muebles a los productos” y yo le
pregunto sin ningún sentido, que si él también, se ríe pero no me responde.
Todo huele a incienso, a chondúl, mandrágora, palo santo, botella PET
reutlizada, a hippie. En uno de los pabellones un hombre me pide que firme una
petición por Nala, la leona que se acuesta todos los días en el parque Jaime
Duque sin garras y sin colmillos recordando los maltratos de un circo al que
por falta de fondos la quieren devolver.
La feria es una iniciativa sin antecedentes
en la ciudad, patrocinada por organizaciones independientes como la Fundación
Guayacanal que adelanta proyectos de ecourbanismo y restauración, La Red Verde
de Colombia conformada por casi 40 organizaciones de indígenas, campesinos y
afro-descendientes apoyándolos en el fortalecimiento institucional y comercial
de su producción, y la Fundación Humedales de Bogotá. Por lo que el lugar está lleno del discurso
de la sostenibilidad, el aumento de calidad de vida, la consciencia espiritual
y comercial, Bogotá viable, Bogotá móvil. Entre eso pasa alguien montado en una
bici eléctrica que se monta de pie, al
que un amigo con el que me encuentro en el evento critica por el uso de
baterías “y si se le acaba la batería qué ¿Al hombro?”. Pero de eso se trata: manejo de energía en
nuestros ciclos de resoluciones estatales y tratados comerciales, que en su
mayoría desencajan con unas leyes
naturales a las que nos falta comprender e incorporar en nuestros espacios
urbanos.
En solo 40 años la población
citadina se duplicó, y se proyecta un total de 6’300 millones para el 2050,
demostrando la realidad de un planeta urbanizado que crece constantemente y que
claro está implica una transformación del manejo de recursos y por tanto de la
biodiversidad equiparable. El centro de
resiliencia de Estocolmo afirma que “Las
ciudades deben ser un espacio en el que se genere el conocimiento y la
tecnología necesaria para un desarrollo sostenible” porque está comprobado
que a pesar de su apariencia caótica son reservas de biodiversidad en su
interior y fuente de acciones de conservación para sus alrededores. Pero nada
de esto es nuevo. Cuando en los setentas el Club de Roma y demás grupos
políticos anunciaron una inminente auto-destrucción de la humanidad, marcaron
el inicio de un movimiento mundial político que
quería pasar de ser una cultura pseudo-intelectual, mediada por
margaritas y psicoactivos, a unas decisiones gubernamentales ineludibles
emitidas desde Suecia hacia el mundo en
La Cumbre de la Tierra. Influenciados por los movimientos sesenteros de la
antiguerra nuclear, de las evidencias de Carson y su “primavera silenciosa ”
por el genocidio de abejas y aves a causa de los pesticidas, y por su puesto de las miles hectáreas de
bosque que empezaban a notarse por su ausencia. Su idea inicial era obligar a los países a tomar parte ante el problema y contribuir
juntos en busca de un “progreso para el
futuro”. Un lema que hoy rige a Suecia donde ahora su capital importa
basura para poder mantener la producción de metano con la que mueven sus autos,
y que la mayor parte del mundo por estás épocas adopta con iniciativas como
esta.
Al final de la tarde los bombardeos verdes, los
stands de cacao y ponquecitos orgánicos
me dejaron un poco hastiada pero ansiosa por aportar a que tantas buenas
ideas se mantengan en proyectos materializados que transformen nuestra
cotidianidad con alcances políticos o por lo menos colectivos. Sobre todo
porque este movimiento que a veces parece una vanguardia pretenciosa merece
dimensionarse en lo que implica el mantenimiento de una ciudad como Bogotá; en problemas
que acogen a cualquier ciudad como la conurbación por necesidades de tránsito e
infraestructura, energía, nuevas y cada vez más alianzas sociales que producen
migraciones voluntarias y nuestro especial caso de migraciones involuntarias.
Donde al final y citando una frase del “gremio ardilla” como se hacen llamar
los integrantes de Guayacanal “La
pobreza, la exclusión y la sostenibilidad” en las ciudades confluyen en un
mismo espacio y cada vez más cerca.
Me voy pensando que Estocolmo
tiene más o menos una tercera parte de los habitantes de Bogotá y su Sabana, y
por supuesto mucho más dinero para inversiones, pero esta última defendiéndose en su identidad
de capital en país de desarrollo se ha mantenido fuerte en una idea de cultura
cívica que crece constante junto a barrios de invasión, desplazados, centros
comerciales y paradas nuevas del SITP. Y entre colectivos insurgentes interviniendo
espacios públicos con plantas, académicos, pequeñas inversiones distritales
para la recuperación de quebradas y espacios como estos, la ciudad se mantiene
en una idea colectiva, aun llena de margaritas y palo santo pero al parecer con
intenciones materializadas en proyectos que viven y que me atrevería a decir
nos incluyen a todos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario