lunes, 28 de octubre de 2013

LA FERIA AMBIENTAL: La Bogotá Hippie ¿Es solo una vanguardia pretenciosa?


Siento que me acerco al lugar cuando pasa una mujer en una monareta con canastica de “fique” falso de plástico, con  gafas doradas de cristal rojo redondo y vestido amarillo con estampados psicodélicos. Suena la campana de su bici bajo el sol de la Bogotá con cielo azul que el IDEAM en la mañana había pronosticado nublado con lluvias torrenciales, y  “menos mal”  porque yo también pedaleo en busca de algún elemento reciclable para el trueque de  entrada a la feria. No encuentro nada, y pienso decirle al de la entrada que el programa de “Basura_Cero” en Bogotá está funcionando muy bien y que no conseguí nada pero que me deje entrar. Al fin encuentro una pila de basura con cartón pero un reciclador parece buscar lo mismo que yo, me le adelanto y con la cautela de un gato atrapando la mosca de la sala agarro algunas piezas del montón de basura a media cuadra delante de él, lo miro de reojo por si acaso se molesta por haberle robado su presa pero me mira sin ningún gesto interpretable y arranco con dos cartones de huevos en la mano, debe ser suficiente.
Paso el simón Bolivar, la Virgilio y llego a la plaza de los artesanos donde entra otra mujer con vestido de estampados psicodélicos que me confirma que he seguido bien las huellas “hippies”. Ya adentro lo primero que encuentro son unas canecas gigantes donde debo depositar a mi presa de cartón, junto a otras presas parecidas de metal, plástico y vidrio. Justo al lado un pabellón con bicicletas de todos los tamaños, colores y materiales, algunos stands con ideas de diseño sostenible en los que me apunto para que me envíen información, otro de arquitectos que exponen el funcionamiento de un muro verde y un stand de energía solar donde un pequeño hombre  se esfuerza por explicar el funcionamiento de unas pesadas máquinas de aluminio y cristal que también se esfuerzan por calentar agua a punta de paneles solares con los pronósticos del IDEAM.
El camino me fue dirigiendo a los otros pabellones de parques naturales, conservación de tortugas, aves, páramos, discursos sobre agricultura sostenible, reforestación, reintroducción, cercas vivas, no a la minería y eco-todo. Todos tocan las zampoñas y andan en ruana mientras pasa un viento infeliz que me hace dar envidia de no haber traído la mía, los muebles están hechos de cartones de huevo, pienso en lo que pude haber hecho con los que acabo de truequiar, hay diseños de ropa de todos los colores y accesorios de lata con diferentes formas, periódico y retazos de tela. Un hombre me dice “Aquí todo es reciclable, desde los muebles a los productos” y yo le pregunto sin ningún sentido, que si él también, se ríe pero no me responde. Todo huele a incienso, a chondúl, mandrágora, palo santo, botella PET reutlizada, a hippie. En uno de los pabellones un hombre me pide que firme una petición por Nala, la leona que se acuesta todos los días en el parque Jaime Duque sin garras y sin colmillos recordando los maltratos de un circo al que por falta de fondos la quieren devolver.
    La feria es una iniciativa sin antecedentes en la ciudad, patrocinada por organizaciones independientes como la Fundación Guayacanal que adelanta proyectos de ecourbanismo y restauración, La Red Verde de Colombia conformada por casi 40 organizaciones de indígenas, campesinos y afro-descendientes apoyándolos en el fortalecimiento institucional y comercial de su producción, y la Fundación Humedales de Bogotá.  Por lo que el lugar está lleno del discurso de la sostenibilidad, el aumento de calidad de vida, la consciencia espiritual y comercial, Bogotá viable, Bogotá móvil. Entre eso pasa alguien montado en una bici eléctrica que se monta de pie, al  que un amigo con el que me encuentro en el evento critica por el uso de baterías “y si se le acaba la batería qué ¿Al hombro?”.  Pero de eso se trata: manejo de energía en nuestros ciclos de resoluciones estatales y tratados comerciales, que en su mayoría  desencajan con unas leyes naturales a las que nos falta comprender e incorporar en nuestros espacios urbanos.
En solo 40 años la población citadina se duplicó, y se proyecta un total de 6’300 millones para el 2050, demostrando la realidad de un planeta urbanizado que crece constantemente y que claro está implica una transformación del manejo de recursos y por tanto de la biodiversidad equiparable.  El centro de resiliencia de Estocolmo afirma que “Las ciudades deben ser un espacio en el que se genere el conocimiento y la tecnología necesaria para un desarrollo sostenible” porque está comprobado que a pesar de su apariencia caótica son reservas de biodiversidad en su interior y fuente de acciones de conservación para sus alrededores. Pero nada de esto es nuevo. Cuando en los setentas el Club de Roma y demás grupos políticos anunciaron una inminente auto-destrucción de la humanidad, marcaron el inicio de un movimiento mundial político que  quería pasar de ser una cultura pseudo-intelectual, mediada por margaritas y psicoactivos, a unas decisiones gubernamentales ineludibles emitidas desde Suecia  hacia el mundo en La Cumbre de la Tierra. Influenciados por los movimientos sesenteros de la antiguerra nuclear, de las evidencias de Carson y su “primavera silenciosa ” por el genocidio de abejas y aves a causa de los pesticidas,  y por su puesto de las miles hectáreas de bosque que empezaban a notarse por su ausencia. Su idea inicial era  obligar a los países  a tomar parte ante el problema y contribuir juntos en busca de un “progreso para el futuro”. Un lema que hoy rige a Suecia donde ahora su capital importa basura para poder mantener la producción de metano con la que mueven sus autos, y que la mayor parte del mundo por estás épocas adopta con iniciativas como esta. 
 Al final de la tarde los bombardeos verdes, los stands de cacao y ponquecitos orgánicos  me dejaron un poco hastiada pero ansiosa por aportar a que tantas buenas ideas se mantengan en proyectos materializados que transformen nuestra cotidianidad con alcances políticos o por lo menos colectivos. Sobre todo porque este movimiento que a veces parece una vanguardia pretenciosa merece dimensionarse en lo que implica el mantenimiento de una ciudad como Bogotá; en problemas que acogen a cualquier ciudad como la conurbación por necesidades de tránsito e infraestructura, energía, nuevas y cada vez más alianzas sociales que producen migraciones voluntarias y nuestro especial caso de migraciones involuntarias. Donde al final y citando una frase del “gremio ardilla” como se hacen llamar los integrantes de Guayacanal  “La pobreza, la exclusión y la sostenibilidad” en las ciudades confluyen en un mismo espacio y cada vez más cerca.   
Me voy pensando que Estocolmo tiene más o menos una tercera parte de los habitantes de Bogotá y su Sabana, y por supuesto mucho más dinero para inversiones,  pero esta última defendiéndose en su identidad de capital en país de desarrollo se ha mantenido fuerte en una idea de cultura cívica que crece constante junto a barrios de invasión, desplazados, centros comerciales y paradas nuevas del SITP. Y entre colectivos insurgentes interviniendo espacios públicos con plantas, académicos, pequeñas inversiones distritales para la recuperación de quebradas y espacios como estos, la ciudad se mantiene en una idea colectiva, aun llena de margaritas y palo santo pero al parecer con intenciones materializadas en proyectos que viven y que me atrevería a decir nos incluyen a todos.  

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