domingo, 10 de noviembre de 2013

AREPA CON CHOCOLISTO


A diferencia de muchos, antes del fatal primer día de colegio yo no jugué a la lleva, ni hice rondas con mis amigos del jardín. A mí me crío mi nana. Se llamaba Rosa y le encantaba hacer arepas. Pasaba el día entero en su casa mientras mis padres trabajaban y mis hermanos estudiaban. 

Eran esos días en los que un pequeño parque podía convertirse en un inmenso mundo; con palos y piedras,  me armaba mil cuentos y ahí podía quedarme la tarde entera. Recuerdo que jugaba con un San Bernardo tal vez imaginario, que me la pasaba comiendo florecitas que caían de un gran árbol y  que siempre de onces había una arepa con chocolisto.
Yo le ayudaba a prepararlas.

Me montaba en una banca para alcanzar el mesón y estirarme sobre el bol.  Allí poníamos una masa muy diferente a las de ahora que les echas un poco de agua, solas se hacen bolita y caen ya planas al sartén. Había que pasar horas en la cocina, echarle leche y agua caliente de a pocos, luego rayar el queso y siempre estar apretando la masa para quitarle los grumos.
                 Y claro mientras Rosita no viera, chupar la masa cruda de mis dedos. 

Luego yo hacía las bolitas, ella las aplastaba, las ponía en una parrilla con un poco de mantequilla y ponía a calentar el chocolisto.

 En esa parte no podía estar, con ese amor de madre ajena ella me mandaba a jugar. 

Entonces mientras la mantequilla y el chocolisto hervía yo me iba por su casa grande, o yo era chiquita no sé. Saltaba sobre su cama de lana gigante con el sol de la tarde contra la ventana. Le esculcaba los cajones de los muebles viejos donde vivían unos ratones grises. 

Me escondía entre los closets, corriendo y saltando entre la ropa sucia y los cuartos de cajas y cosas rotas eran mis favoritos. Hasta que rosita me llamaba a comer las arepas, pero no había prisa. Pronto llegaría mi hermana por mí, me  llevaría de su mano, y yo con las pocas palabras que me sabía le contaba a medias lo del San Bernardo, lo de las florecitas y lo de mis amigos los ratones. 
                           Al otro día ella le contaba a mi madre lo de los ratones y mi madre a Rosa, y luego mientras las arepas se hacían, había un señor con un tarro de veneno esculcando los muebles de mis amigos.


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