A diferencia de muchos, antes del fatal primer día de colegio yo no
jugué a la lleva, ni hice rondas con mis amigos del jardín. A mí me crío mi
nana. Se llamaba Rosa y le encantaba hacer arepas. Pasaba el día entero en su
casa mientras mis padres trabajaban y mis hermanos estudiaban.
Eran esos días
en los que un pequeño parque podía convertirse en un inmenso mundo; con palos y
piedras, me armaba mil cuentos y ahí
podía quedarme la tarde entera. Recuerdo que jugaba con un San Bernardo tal vez
imaginario, que me la pasaba comiendo florecitas que caían de un gran árbol y que siempre de onces había una arepa con
chocolisto.
Yo le ayudaba a prepararlas.
Me montaba en una banca para alcanzar el
mesón y estirarme sobre el bol. Allí
poníamos una masa muy diferente a las de ahora que les echas un poco de agua,
solas se hacen bolita y caen ya planas al sartén. Había que pasar horas en la
cocina, echarle leche y agua caliente de a pocos, luego rayar el queso y
siempre estar apretando la masa para quitarle los grumos.
Y claro mientras Rosita
no viera, chupar la masa cruda de mis dedos.
Luego yo hacía las bolitas, ella
las aplastaba, las ponía en una parrilla con un poco de mantequilla y ponía a
calentar el chocolisto.
En esa parte no podía estar, con ese amor de madre
ajena ella me mandaba a jugar.
Entonces mientras la mantequilla y el chocolisto hervía yo me iba por su casa grande,
o yo era chiquita no sé. Saltaba sobre su cama de lana gigante con el sol de la tarde contra la
ventana. Le esculcaba los cajones de los muebles viejos donde vivían unos ratones
grises.
Me escondía entre los closets, corriendo y saltando entre la ropa sucia
y los cuartos de cajas y cosas rotas eran mis favoritos. Hasta que rosita me
llamaba a comer las arepas, pero no había prisa. Pronto llegaría mi hermana por
mí, me llevaría de su mano, y yo con las
pocas palabras que me sabía le contaba a medias lo del San Bernardo, lo de las
florecitas y lo de mis amigos los ratones.
Al otro día ella le contaba a mi
madre lo de los ratones y mi madre a Rosa, y luego mientras las arepas se
hacían, había un señor con un tarro de veneno esculcando los muebles de mis
amigos.
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