miércoles, 25 de diciembre de 2013

LA MESTIZA

 Esa mañana cuando salí del horno bronceada y lista, aun sentía la frescura de sus manos  mientras esparcía la nuez moscada.  Fue una noche perfectamente moldeada y dulce. Aún recuerdo sus manos mezclando mi zanahoria, apretando mi harina y luego como agarraba el azúcar tamizado para esparcirlo con esa rudeza y precisión.  Claro, esa mañana solo quería darnos unas tardes con olor a clavo que nos habíamos prometido entre el azúcar y la leche.  
Pensando en esto lo vi alistándose. Salió de la habitación aun mirándome sobre el mesón. Aunque no le vi ninguna sonrisa y sentí frío, estaba tranquila; solo pensé que sería un rato para aumentar un poco el misterio o algo parecido, mientras quizá llamaba a un amigo o iba por cigarrillos. Uno debe darse su espacio para que las cosas crezcan. Cuando empecé a endurecerme entre el golpe del reloj y la gotera del lavaplatos, empecé a delirar.

No supe cuánto tiempo había pasado entre la campana del horno y lo que creía habían sido días en su ausencia. 

Desde el mesón lo vi llegar. Tenía un poco de ansiedad, pero le ganaba la emoción de verlo ahí. Pronto estaría en sus manos. Venía con alguien más, me imaginé entonces una tarde de té más entretenida. Los dos se acercaron y me miraron por un rato, él tenía el gesto fruncido y el otro intentaba aguantar la risa. Su amigo agarró un tenedor,  lo clavo en mí y con una mueca soltó la risa contenida saliendo de la cocina. Allí sentí que algo andaba mal conmigo...y lo peor fue cuando volvió. Me  apartó, a mi lado colocó una caja adornada y envuelta en vinipel donde pude ver en mi reflejo lo que realmente ocurría. 
Yo no era la tarta esponjosa y bronceada del té de las 6. 

      Era una mancha sobre el mesón, 
    ni siquiera una tartaleta ¿Sabes?  
Él sólo debía activar la levadura pero nunca tuve ni cubierta. 
No entiendo qué clase de torta o algún tipo extraño de browny con zanahoria esperaba que fuera.

Esa noche juntos, dándole vueltas a mi harina y a toda mi masa con zanahoria, nos vi siendo las  onces de esas que se toman mientras el gato duerme sobre el sofá. Una tarde de silencio y serenidad tras volver de un día agitado; de esas en las  que se hablan de proyectos nuevos y logros superados. Pensaba ser dulce, dorada y esponjosa para disfrutar un momento de los dos o con quien quisiera. Estaba dispuesta  a todo por él, ¡por nosotros! Yo lo fui desde los ingredientes secos, desde la mantequilla y la canela, desde la ralladura de zanahoria; hasta el azúcar glas y el zumo de limón. Yo era todita de su creación.

Ahora que no pertenezco a ningún género ni a ninguna raza,  y soy una mestiza mutagénica mal preparada me siento más fuerte. Las lágrimas que brotaron sobre mi cuerpo tieso mientras veía salir del vinipel un cream brulé, nunca me ablandaron. Ni ellas, ni él cuando sin piedad me botó entre los orgánicos a pedazos. Porque por él ni fui casera, ni siquiera salada, ni de un cumpleaños barato.  Ahora parezco más la torta para una despedida, y la que se va soy yo; porque nunca fue suficiente su esfuerzo y porque me aburro de sus goteras que no arregla. ¡Jah! Es que ya no mira ni su propia creación. Podríamos ser la historia de Franckenstein, Shrek y el hombre de Jengibre juntos. Pero él será siempre el Prometeo frustrado 
        ¿Y yo?  Yo seré un monstruo libre hasta ser consumida por los hongos 
                                  vagando por las calles del mundo. 

He conocido a otras recetas secas y fracasos de seres como él o peores. Me siento afortunada. Por eso camino erguida con mis hongos en la espalda y en alto. Junto a un Tres Leches cortado y un Pan de Yuca tieso, nos ganamos la vida cantando y contando cuentos

El Tieso se sabe las historias más impresionantes de la cafetería del sanatorio de Santa Barbara, que fue de donde salió; a tres leches se le oye cantar boleros porque eso era lo que la señora Rosa escuchaba mientras lo preparaba, y a mí me dicen la mestiza y canto rap en nombre de las tortas y tartaletas abandonadas, madres y trabajadoras de este mundo. A él le agradezco porque pude haber sido el postrecito de sus fiestas de té diarias, y estaría encerrada en su mundo caprichoso. 
           Ahora soy una torta que le canta a la                                                                          libertad. 

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