jueves, 6 de abril de 2023

Colonias

 Las hormigas trabajan en la noche, las veo transitar en ríos color marrón en un rincón de la acera, abriéndose paso entre los gigantes y destructores pasos humanos. Tienen trazado un camino bajo una cerca de acero eslabonado y se organizan en hileras de 10 a 20 , todas diminutas cargando un pesado fragmento de hoja desde un despedazado árbol cercano. 

Pienso en lo inmenso que será su nido, hay unas hormigas soldados de unos 2 cm de largo con unas cabezas gigantes para sus delgados cuerpos que cuidan a las otras obreras arrieras, me hacen imaginar una reina muy voluptuosa y saludable, la madre de todo ese caudal trabajador. 

En la mañana siguiente generalmente después de una lluvia torrencial, de esas muy comunes aquí en el trópico, encuentro los trozos de hoja que cargaban las obreras cubriendo todo el piso como un tapete, organizados en el mismo orden de las hileras que el día anterior formaban las obreras. Pienso en el verdadero problema que tiene ese magnífico hormiguero, pues debe alimentar a sus millones de integrantes pero con cada lluvia su producción de alimento y el esfuerzo diario de horas y horas queda simplemente deshecho, empapado e inservible sobre el suelo. 

Los trozos de hojas caídos y húmedos yacen sobre la acera, completamente ignorados por la cotidianidad humana que ya comienza su día preparando los platos típicos del desayuno, tomando las rutas de bus hacia sus puestos de trabajo, armando hileras como las arrieras y cargando también trozos de algún árbol en forma de documentos en pequeños trozos de vacas en forma de bolsos y maletines, ó pequeños trozos de petróleo sólido e hilado en forma de morrales. 

¿Seré sólo yo quien se preocupa por tanto esfuerzo perdido sobre el suelo? o alguien más se detendrá en su cotidianidad a pensar sobre esta colonia, su reina, su tamaño y su belleza? 

Me sorprende que se tenga apatía por seres tan similares a nosotros los gigantes destructores humanos. Quienes a diario cargamos nuestras versiones de trozos y fragmentos de árboles para alimentar un sistema que nos tiene dopados con sus hormonas. También tenemos diferentes aguijones, mandíbulas o herramientas cargados de venenos con las que despejamos para erguir nuestras colmentas en forma de edificios cuadraditos perfectamente ortogonales por aquello del espacio, y nos creemos invencibles y nos imaginamos únicos y nos sentimos innovadores e inteligentes por lograr lo que logramos, dopados por la perfección y la idea de producción que se nos ha enseñado ya desde el inicio de nuestra existencia. 

Nadie lo cuestiona, y por eso somos tan parecidos a esas juiciosas colmenas que con pasos firmes y milimétrica organización vuelve a diario al mismo árbol en perfecto orden a desechar los trozos que alimentarán su hongo, sin importar ese penoso problema que impredecible llegará de tanto en tanto y acabará torrencialmente con el trabajo logrado del día.

La pregunta que me surge luego de ver este desfile de hormigas o sus hojas caídas, mientras tomo un café en el parque del centro de este pueblo tropical es ¿Cuál es nuestro hongo?  ¿Dónde está? ¿Lo habré conocido ya? ¿Quién es nuestra reina? y por su puesto que no es Isabel II y no son los presidentes, ni los reyes que aún quedan en España ¿Por quién o por qué sustancia continuamos todas las mañanas a pesar de haber perdido los trozos de lo que sea que recolectamos el día anterior?



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