viernes, 28 de febrero de 2014

VIVIENDO EL MALBOUFFE BOGOTANO

Sim-City es un video juego que consiste en construir una ciudad a escala,    tu misión es decidir todo por los pequeños Sims, habitantes de tus calles. Debes construirles escuelas, transporte, edificios de apartamentos de diferentes clases sociales,  gasolineras. Pero lo más importante es elegir el sistema productivo que implantarás en tu ciudad para suplir esas necesidades, desde  silvicultura o minería hasta tecnología y comercio. Claro que todo está íntimamente conectado y esto será la causa del estado de satisfacción de tus Sims en los demás componentes de tu ciudad. Ganas si logras mantenerla y teóricamente “pierdes” cuando el balance en los sectores se torna negativo, por ejemplo que tu taza de habitantes con Enfermedades Respiratorias Crónicas supere tu población laboralmente activa; pero yendo aún más lejos, el crecimiento demográfico no se detiene y tus pequeños sims seguirán ahogándose en tu contaminación hasta que lo soluciones, ó estratégicamente lo abandones y virtualmente colonices otro territorio. 
Yo soy un pequeño Sim en una ciudad con una evidente filosofía comercial. Alguna vez como muchos otros a diario, trabajé para la industria de pizzas y “comida rápida italiana”. 

Para atender mi puesto de Auxiliar de venta (sinónimo de “todera  y trabajos varios”) debía llevar pantalón oscuro, camiseta clara, cabello recogido, sin aretes y sin joyas, nada que dejará sobresalir mi identidad pues la que importaba aquí, era la de la multinacional con quien había firmado el contrato.

 La sede quedaba en una plazoleta de un centro comercial junto a unos 30 restaurantes de cadena, comidas rápidas, instantáneas, congeladas; siempre listas para mantener la velocidad a la que quieren ir los pequeños Sims de mi querida Bogotá.
El primer día y con una gran sonrisa institucional, el administrador de la sede me dirigió al nuevo mundo detrás de la caja registradora. Tenía su nombre Fabio en letras grandes y rojas, atendía y manejaba el software de la caja por lo que era el que mandaba en el lugar. Adentro estaba Raquel, la pizzera principal, a ella debíamos ayudarle y obedecerle en todo. Lo primero que hizo con mirada severa fue revisar mi atuendo sin identidad, mis uñas y ponerme una pañoleta con motivos de cocina. Luego que lávese las manos y a desmenuzar pollo.  Más tarde llegarían 2 compañeros más igual que yo, estudiantes con ganas de un sueldo de juego; y la compañera Lina, igual que Raquel y Fabio, hace meses la producción de pizzas industriales era la realidad de su familia.
 – A mí me gusta más esta sede, es más tranquila. De donde yo vengo uno no para, a veces salimos de noche, limpiando, cerrando caja. Si mi hijo ya le dice mamá a su niñera-. Decía Lina con acento costeño, demostrando su experiencia en reírse de estas cosas de ganar el mínimo teniendo familia.
   Ahí estábamos, entre el horno de más de 500°C y el mesón de cocina, en un corredor de medio metro donde debimos convivir, trabajar y recorrer de un lado a otro nosotros 6. Abríamos a las 11 de la mañana y  30 minutos antes las órdenes empezaron: Un hombre de sentada pidió 4 pizzas que no habíamos aprendido ni armar, y debíamos tenerlas en algunos 5 minutos. Raquel lo madreaba entre murmullos - Qué man tan desocupado- decía. Pero igual a correr. Que haga la pasta base,  que hágala rendir,  que mucho borde, que poca salsa,  no más hawaiana, gaseosa o té, promoción, combo, tomate, la paga y las vueltas.
   Entre más gaseosas y queso derretido entregábamos, por turnos de 10 a 11 horas. me preguntaba las consecuencias sociales que puede tener invertir tanto en estos centros de comida preparada y comercio fulminante.  
En los 90’s aunque tener un Mc Donalds® en su país era un indicador clave de su filosofía capitalista; el primer restaurante de comida rápida del mundo, quién sabe por qué cosas del destino no había podido instaurar sus franquicias en Colombia. Luego claro, lo lograron y parece que no están pensando en irse. Al contrario, en esta última década, la guerra de la comida rápida y las franquicias en las principales capitales del país ha sido tal, que ahora de Bogotá se dice que no tiene metro pero tiene Subway®. Lástima que los personajes que estén construyendo nuestra Sim-ciudad no noten que los 15 cm de su sándwich no sirvan como alternativa al Trans-milenio (así los pongan en cada esquina). Pero en definitiva el sistema de alimentación es susceptible y merece una reflexión colectiva.
En Francia por ejemplo, los líderes campesinos desde finales de los 90’s incluyeron al alimento en un debate político al rebelarse contra franquicias como McDonalds®. Ahora aseguran que este mercado apoya todos los estragos que el productivismo ha generado en el campo; incluyen la erosión, contaminación del suelo y afecciones a la salud por el uso de agroquímicos, así como la especialización que exigen estás marcas a los campesinos. Esta especialización ha cambiado el orden tradicional de la producción, haciendo que las fincas productoras se centren en el mantenimiento de la oferta de un solo producto; por tanto, la necesidad de más y más intermediarios, sumado a una agricultura sin ningún tipo de lógica ambiental,  pues el campesino se vuelve en función de la técnica y no la técnica en función del campesino o su territorio. Lo que a vulnera la economía familiar.
En la sede el inventario consistía en sopas de cebolla, pollo y jamón congelados, kilos de queso y pan previamente cortados, con eso armábamos la pizza, la lasaña o lo que fuera en menos de 10 minutos. El resultado es que la gente desconoce la forma primitiva del alimento, olvida la transmisión del arte de cocinar y alimentarse, lo que claro desvincula a la sociedad de su lugar de hábitat porque uniforman el sabor del alimento,  vuelven a  la sociedad campesina una despensa  de insumos preseleccionados. En definitiva se entiende por qué los líderes la Confédération Paysanne de Francia bautizaron a esta comida elaborada con el término de Malbouffe”un juego de palabras que traduce literalmente “basura”; denunciando la agricultura industrializada  y su desarrollo por encima de la seguridad alimentaria, del paladar, de la identidad cultural y territorial de los productos.
 Tuve horas para observar las familias y adultos solitarios caminando erráticamente por las vitrinas, para luego  pagar un alto precio por los alimentos que yo misma les servía. Además de un hábito que personalmente considero insano, era evidente la sociedad tan uniforme que visita estos lugares. A pesar de su apropiación de identidad de “plazas públicas”, la asociación a este club “público” está representada en la capacidad de pago,  un mecanismo que restringe el acceso a muchos grupos sociales!  

Bogotá ha ajustado su motor de desarrollo entre otras cosas en el comercio y está siendo consecuente con  la libertad de regulaciones para los pequeños Sims del sector privado, invirtiendo en lo que  consideran. Entonces claro se construyen viviendas para estratos medios, altos, oficinas y comercio y el resultado es que no existen lugares para las minorías.  Los centros comerciales son un claro ejemplo.
   Entonces cada segundo en el que los pequeños Sims piden su porción con bebida híper azucarada, cuenta  para cuestionar la eficiencia de la política alimentaria y planeación urbana de Bogotá. Mientras la demanda diaria de alimentos por cada comedor comunitario incluye ancianos, desplazados, madres gestantes, lactantes y discapacitados; según estudios de la secretaría distrital  de integración social en 2013 cerraron 160 de ellos, distribuidos todos en localidades de Bosa, Usme, Kennedy, Rafael Uribe y demás periferias. En el mismo año el mercado de comida rápida alcanzó miles de millones de pesos “invertidos” (dicen los estudios de Mccan) por familias de clase media, que han adoptado la comida rápida como recreación de fin de semana o ejecutivos con poco tiempo. Entonces las gaseosas también cuentan para reconocer la influencia, y por tanto el poder político que tienen nuestras decisiones, capaces de transformar la dirección, generación o  la destitución de un mercado; e incluso las prioridades de un gobierno del que no debemos depender. La Confédération impulsó el movimiento  en contra del Malbouffe en un país que defiende su cultura con azadón en mano, demostrando que estamos fuera de la pantalla y no somos Sims susceptibles a algún japonés adicto a videojuegos, ¡Ni las leyes, ni las especulaciones de la bolsa son un programa estático!

Ya son varios las investigaciones que demuestran el bienestar socio-cultural que generan las alternativas a la industrialización del alimento; comunidades de todo el mundo  han entendido lo insostenible que es su “sistema”. Somos nosotros y nuestro comportamiento quienes ejercemos la política del comercio del alimento y por tanto el futuro de nuestros recursos, luego estas también deben verse correspondidas en las preferencias de nuestra alimentación y hábitos en  los centros de consumo que representan las ciudades. Y es que el POT debería enfocarse en el fomento de mercados locales, en el abastecimiento de los barrios con centralidades turísticas o de  salud. A este ritmo deberá  equilibrar sus inversiones en gimnasios para atender los problemas de colesterol de los pequeños caminantes errantes, y en más y más viviendas de interés social para albergar a los millones de campesinos que vendrán quebrados por la erosión de sus tierras o huyendo de un campo que se extingue entre certificaciones y monopolios.